NO SEAS VAGO SORRENTO …

Ayer Viernes fui con mi esposo a La 1er Gala de Ballet de Buenos Aires, un lujo que no se da todos los días y del cual salimos extasiados. Luego de semejante espectáculo de artistas maravillosos decidimos ir a comer a algún lugar cerca porque no habíamos hecho reservas y salimos tarde del teatro.

A pocas cuadras de ahí se encuentra la Recova de Posadas, una especie de isla debajo de un puente, en la zona de Retiro, en la que se encuentran unos pocos restaurantes como Piegari, El Mirasol, Plaza Mayor, La Stampa.  Entre ellos se encuentra Sorrento, lugar al que no había ido nunca y decidimos entrar a probar suerte.

En la recepción nos encontramos con una chica notablemente cansada o aburrida, le costaba demasiado mostrar una simple sonrisa de bienvenida  y con esa misma cara nos hizo pasar hasta la mesa. El lugar estaba misteriosamente con muy poca gente para ser un Viernes por la noche.

Nos ubicamos en una especie de mezzanine, al fondo del local.  La misma chica, con la misma cara, nos ofreció una copa de espumante. Luego de un rato apareció el mozo con las cartas y nos dejó para elegir. Me llamó mucho la atención que en un restaurante de supuesta categoría, hubiera en la mesa una caja de sal baja en sodio. Podrían ponerla en un lindo recipiente si quieren tener el detalle de pensar en la gente que no puede consumir sal común.

Pedimos como entradas unas tortillas españolas, a punto. Cuando llegaron a la mesa una estaba completamente babé y la otra cocida.  Estaban ricas.

Luego pedimos un Lomo “a punto” a las tres pimientas con papas noisette y una Trucha Sorrento.

El lomo en su interior estaba completamente crudo. La trucha estaba correcta. Era como comer comida que había quedado en el tiempo, esa comida que se servía en los hoteles internacionales de los años 80, comida que no dice nada.

Finalmente pedimos un panqueque con dulce de leche y éste fue el detalle que faltaba para confirmar donde habíamos ido a parar. Sorprendentemente , o no, el panqueque estaba recién sacado de la refrigeradora, es decir que fue hecho con anterioridad y ni siquiera se tomaron la molestia de calentarlo para llevarlo a la mesa.

Para todo esto los mozos no eran capaces de subir a la mezzanine donde estábamos sentados para retirar los platos y lo hacían estirando los brazos desde abajo. En el preciso momento en que el mozo nos está dejando el plato de postre, se cruza al lado otro mozo y el que atendía nuestra mesa le dice: “Qué vago que sos, boludo”.

Creo que en Sorrento son todos vagos pero el error no fue de ellos sino nuestro. Por algo nunca habíamos entrado.

GOLOSINAS CHICHA

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Aquí estoy, después de las vacaciones, que aunque no fueron como uno imagina, en el mar y con una palmera, sino en la ardiente ciudad de Buenos Aires, haciendo turismo con mi mamá y una sobrina de visita, igual fueron geniales porque disfruté mucho de cada momento con ellas.

Como siempre que recibo visitas de Lima, espero con muchas ansias las golosinas que mas extraño pero, al verlas, noto que, poco a poco, mi lista se va reduciendo, ya que con el tiempo me fui llevando muchas desilusiones, por las deformaciones que fueron sufriendo, que ya casi no pido nada.

Pero, esta vez, llegaron a tocar una de las mas sagradas para mí, el CUA CUA. Los que lo han probado saben de qué estoy hablando. Un rectángulo de wafer relleno de crema y bañado en chocolate, tan irresistible como adictivo. Fui tolerando que, con los años, le vayan cambiando las etiquetas, aunque para mi gusto no tendrían que haberla cambiado jamás, pero lo que llegó a mis manos este año fue realmente lamentable, una cosa parecida a un rectángulo y que no tenía bordes definidos, al que le habían reducido significativamente su espesor y hasta el sabor era distinto. Ahora me entero que están lanzando, como ellos mismos dicen, “El clásico sabor del wafer Cua Cua, ahora también relleno de crema con ralladura de coco cubierto con delicioso sabor a chocolate”, ¿Cómo que “sabor a chocolate”?, ¿Es que ya no es más chocolate? Y, por si fuera poco, otros con sabor a fresa… no siempre innovar es mejorar.

Algo como esto ya me pasó hace unos años cuando, en una visita a Lima, me compré unas Princesas (cuadraditos de chocolate con una capa en medio de crema de maní y que en Argentina podría compararse con los famosos bocaditos Marroc) y al ver el empaque ya noté que era distinto, luego, cuando le saqué el envoltorio noté una diferencia también en lo físico y finalmente cuando me lo metí en la boca sentí que se trataba de un cuadradito de plástico, que no tenía sabor a nada y que podría haberlo tenido en la boca tranquilamente 24 horas sin que se derritiera ni una pizca. En ese momento eso me pareció tan grave como lo que está pasando con los Cua Cua.

Y el problema es que, fueron cambiando tantas veces de dueño, que uno ya ni sabe qué está comprando. Las marcas originales, como D’Onofrio y Field, fueron compradas por empresas que ya no se preocupan tanto por el gusto local, sino por elaborar productos que se puedan vender en muchos países a la vez. Aparecen empresarios chicha que solo se preocupan en obtener ganancias a corto plazo y no piensan en el futuro de las golosinas y menos aún en la calidad de éstas. Chicha podría definirse como un vintage exagerado y escatológico, que se caracteriza por la falta de calidad y buen gusto, que en un inicio se aplicó a la música, luego a la prensa amarilla y finalmente a toda una cultura que se ha extendido por la ciudad tanto en la comida, la arquitectura, la indumentaria y todos los rubros que uno pueda imaginar. Sigue leyendo